Entregando a mi hijo al Diablo

Mesa KimSe dice que en el matrimonio, el dolor y el estrés por un divorcio son más grandes que incluso el dolor de la muerte de un cónyuge. Creo que lo mismo se puede decir de romper los lazos con su hijo. A menos que alguien haya experimentado este tipo de pérdida y dolor, no podrá comprender plenamente el profundo dolor experimentado por un padre.

Alguien podría preguntar, ¿por qué romper relaciones con su hijo? La respuesta es, “por lealtad a Jesús.” Ser discípulo de Jesús exige que nuestra relación con Él sea más grande que nuestra relación con nuestra propia familia, incluso con nuestros hijos (Mateo 10:37).

            Oro para que nunca tenga que hacer tal sacrificio, pero también oro para que ame al Señor lo suficiente como para optar por Él antes que su hijo en un momento dado. En esta situación es donde nosotros nos encontramos. Esta es nuestra vida. Nuestro hijo mayor le ha dado la espalda al Señor y a pesar de todos nuestros intentos, se niega a arrepentirse. En consecuencia, nuestra relación ha cambiado. No podemos seguir así y pensar que somos leales a Jesús (II Tesalonicenses 3:6, 14-15; I Corintios 5:1-13). Nuestro contacto con nuestro hijo es ahora limitado solo a intentos por restaurarlo. No tenemos compañerismo. Solíamos compartir vacaciones, llamarnos por teléfono regularmente e intercambiar mensajes de texto, eventos familiares, etc., pero ahora, todo eso se ha acabado. Nuestro hijo le ha dado la espalda completamente a todo lo que creía. No tiene respeto por el Señor ni pos Su iglesia. Ha preferido una vida de pecado más que por la esperanza de la salvación. Y debido a su rebelión contra Dios, nosotros como padres debemos tomar una decisión. ¿O pasamos por alto su práctica del pecado y seguimos con nuestra relación o nos alejamos de él como el Señor lo instruye?

            Creo que la sangre de Cristo es más importante que la carne y la sangre física que comparto con mi hijo. Lamentablemente, mi esposo y yo sabemos el dolor de “entregar a nuestro hijo al Satanás.” Esas palabras son mordaces, impactantes, estremecedoras y lúgubres, tal como Pablo pretendía que fueran cuando las escribió (I Corintios 5:5). Quizás estoy escribiendo esto para mí más que para los que las leen. No he visto a mi hijo en casi dos años y medio y hay días en que el dolor es como al principio. Hasta ahora, he guardado este dolor dentro de mí y lo he compartido solo con un par de mis amigas más cercanas. No estoy segura, pero creo que no ha habido un día en que no haya derramado lágrimas. A veces es solo una lágrima y otros días son gritos desgarradores de desesperación. Me he tenido que detener al ir manejando debido a que lágrimas me ciegan mis ojos, solo para literalmente gritar y llorar de dolor. Estoy devastada por nuestra pérdida; su pérdida.

            Siento desesperación y desesperanza. Estoy asustada. Lo que probablemente comenzó como un coqueteo inofensivo con el pecado se ha convertido en unas arenas movedizas que jalan a mi hijo cada vez más hacia el infierno. A veces siento envidia de otros padres que tiene relaciones cercanas y amorosas con todos sus hijos adultos. Me siento avergonzada por lo que mi hijo ha hecho.

            El hecho es que no conozco a esa persona que una vez pensé que conocía muy bien. ¿No vi cosas que debí haber visto? Creí que nuestra relación era muy cercana. Adoraba a ese niño. ¿Fue mentira el amor que nuestro hijo nos expresaba? ¿Cómo se convirtió un niño respetuoso y obediente en uno que desprecia flagrantemente todo lo que le enseñamos y todo lo que representamos?

            Una completa noche de sueño…¿qué es eso? Si bien soy capaz de conciliar el sueño con facilidad, no hay una noche que pase que no me duerma hasta la mañana. Me levanto a media noche y el primer pensamiento en mi mente es que solo tuve un terrible sueño, pero pronto me doy cuenta que no era un sueño, es la realidad; mi realidad.

            Trato de imaginar dónde está mi hijo ahora y qué podría estar haciendo y me duele. El pecado es horrible. Es asqueroso. Pervierte. Si bien no quiero saber, me atraen sus redes sociales. Quiero apartar la vista, pero no puedo,  me preocupo mucho.

            Algunas veces lo más difícil son los recuerdos. Recordar la alegría que sentía con aquel bebé regordete que me miraba con tanta adoración. Recuerdo cuando se sentaba en el mostrador de la cocina ayudando a pelar papas o a mezclar los ingredientes en la masa. Recuerdo nuestros días de la escuela en la casa en la mesa de la cocina y leyendo juntos en el sofá. Recuerdo cuando cantábamos juntos en la cocina. Recuerdo el orgullo que sentí cuando dirigía el canto o daba un devocional a los jóvenes en la iglesia. Esos recuerdos son todo lo que me queda ahora. No hay más que hacer.

            De vez en cuando, puedo ver a un joven que se parece a mi hijo. O puedo estar limpiando el armario y veo una fotografía. O alguien me pregunta con buenas intenciones dónde está mi hijo ahora. Todo esto me hace llorar. Él era un muchacho guapo, excelente estudiante, talentoso músico, muy amable y considerado con los demás. Nunca nos dio problemas mientras estuvo en casa. Amaba a sus hermanos. Recuerdo su “risa contagiosa.”

            El día de las madres y el del padre son muy difíciles. Mientras que usualmente recibíamos las más preciosas tarjetas y notas de amor y aprecio, ahora cualquier correspondencia de él está llena de ira, culpa y rencor. Aun peor son las palabras sarcásticas y blasfemas que usa para con su Padre celestial.

            Auto análisis, culpa, desesperación, miedo…he experimentado todas estas emociones. ¿Quién es un padre perfecto? Cualquiera daría lo que fuera para poder volver el tiempo. Pero sé que éramos buenos padres. Amamos a nuestro hijo, pasamos tiempo con él, lo alentamos y le enseñamos la Palabra de Dios.

            No sé lo que el futuro le depara a nuestro hijo o a nuestra familia. Lo que sí se es que Dios es fiel (II Tesalonicenses 3:3). Él hará lo que es correcto (Génesis 18:25). Recompensará a los que diligentemente lo buscan (Hebreos 11:6). Ahora comprendo mejor que antes, anhelo las promesas del cielo, es decir, que Dios enjugará toda lágrima…no habrá más muerte, llanto, clamor o dolor (Apocalipsis 21:4).

El cielo será un lugar de gran reunión con los que ya se han ido. Hay un antiguo himno que invita a todos a “venir a la fiesta.” Solo deseo que no tengamos una silla vacía en nuestra mesa.

Apéndice: Después de haber leído varias respuestas a mi artículo. Vi varios conceptos erróneos que se vertieron. Por lo tanto, pensé que podría clarificar algunos de estos para algunos lectores.

  1. El amor incondicional no es lo mismo que la aceptación. Casi todos los que me han escrito me han “regañado” por no amar a mi hijo “incondicionalmente.” Su acusación es falsa. Amo a mi hijo incondicionalmente. No hay nada que mi hijo pueda hacer para provocar que lo deje de amar. Creo que eso es lo que es el amor incondicional y eso es lo que practico. No obstante, muchos están aparentemente confundidos al no ser capaces de distinguir entre el amor incondicional y la aceptación. Si bien nunca dejaré de amar a mi hijo, me niego a aceptar el pecado del cual mi hijo permanece sin arrepentirse. Dios ciertamente es un Dios de amor, pero ¿acaso muchos han olvidado que este “Dios de amor” disciplina a sus hijos, incluso los “deja” (Romanos 1:24, 26, 28) y un día se separará eternamente de ellos? Dios no deja de amar a sus hijos, pero su amor no le impide separarse de ellos (Isaías 29:1-2). Creo que si la gente leyera a los profetas, se sorprenderían al ver cómo su visión miope del amor es anulada por la genuina respuesta del amor de Dios. Además, harían bien en recordar que un hombre, un hombre bueno, vino a Jesús y le preguntó qué tenía que hacer para ser salvo. Jesús le dijo qué hacer y el hombre no estuvo dispuesto a hacerlo. Sin embargo, fíjese bien en lo siguiente. El texto dice que Jesús, mirándolo, lo amó. Pero lo dejó marcharse. No lo llamó para que regresara. No cambió sus términos. Él lo amó, pero dejó que se alejara (Marcos 10:21-22). El hecho de que nuestro hijo se haya alejado de nosotros no significa que lo hemos dejado de amar.
  2. Jesús amaba a los pecadores, incluso socializando con ellos. Por supuesto que sí. Y lo mismo hago yo. Pero lo que muchos no entienden es que hay dos tipos de pecadores. Pecadores que están fuera del cuerpo de Cristo (aun en el mundo) y pecadores que son parte del cuerpo de Cristo (hermanos). El apóstol Pablo, bajo inspiración dijo que éstos últimos deben tratarse de diferente manera (I Corintios 5:9-11). Los corintios tenían una pregunta en relación al tener compañerismo con pecadores y Pablo les dijo que habían mal entendido sus instrucciones. Les dijo que no prohibía que los Cristianos tuvieran relaciones con los pecadores, por el contrario, no podríamos vivir en el mundo. En su lugar, les dijo que no tuvieran compañerismo e incluso ni comer con un pecador que fuera HERMANO en Cristo. No me sorprende que muchos no vean esta diferencia porque no se predica con frecuencia y es incluso más raro ponerlo en práctica. Pero está en la Biblia…léalo usted mismo.
  3. ¿Cuál pecado es tan terrible como para “dejar” a su hijo? En primer lugar, no hemos “dejado” a nuestro hijo. Él nos abandonó a nosotros. Nosotros estamos justo donde siempre hemos estado. Incluso el profeta Amós dijo que dos no pueden andar juntos a menos que estén de acuerdo (Amós 3:3). Él optó por andar por el sendero del pecado. Un sendero en el cual no andaremos con él, ni lo apoyaremos mientras lo anda. En primer lugar, mi lealtad es a Dios, no a mi familia (Mateo 10:34-37). En segundo lugar, el pecado específico es irrelevante. Mi respuesta sería la misma si no se arrepintiera de cualquier pecado. Por supuesto, no estoy hablando de pecados momentáneos de la debilidad humana, pecados cometidos en el momento o pecados que intentamos quitar. Estoy hablando de pecados a los que nos hemos entregado. Pecados en los que ya no luchamos, sino a los que nos hemos rendido. Una vez más, la doctrina de la disciplina la ignoran muchos Cristianos hoy y por lo tanto, junto con el mundo, se sorprenden al enterarse de ella. Pero si cree que la Biblia es la Palabra de Dios, entonces usted tendrá la decisión de obedecerla o desobedecerla (I Corintios 5:1-13; II Tesalonicenses 3:6, 14-15).

Y un pensamiento final. A los que, a través de su “fingida” indignación justa, pidieron mi muerte; Oraron para que me pudriera en el infierno; que sugirieron que me hicieran actos sexuales; que me maldijeron con las más viles profanidades; y que han blasfemado al Dios que sirvo…permítanme asegurarles una cosa…sus palabras de odio solo le han dado solidez a mi postura. Su discurso de odio, envuelto en una preocupación fingida y el amor de Dios y mi hijo, han servido para recordarme que vivo en un mundo perdido. Sus palabras me han dado valor y no me han amilanado. Sus palabras han profundizado mis raíces. No me moverán. De hecho, sus palabras me han dado razón para regocijarme en que me han concedido el privilegio, por pequeño que sea, de compartir el sufrimiento de Jesús. “Gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo…” (I Pedro 4:13).

Tomado con permiso de TeachingHelp.org

http://www.teachinghelp.org/giving-your-child-to-the-devil/#more-2617

6/Mayo/2017

Al español

Jaime Hernández

Querétaro, Mex. Agosto de 2017

Versión en pdf: Entregar tu hijo al Diablo

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2 comentarios en “Entregando a mi hijo al Diablo

  1. Gracias, por esta importante reflexión, Dios les bendiga!!!!!

  2. No puedo imaginar una situación más difícil que esta. La Biblia manifiesta la voluntad de Dios y nuestra opinión no cuenta al respecto.
    Puedo sentir tu dolor y tu tristeza, pero Dios aún no termina la obra en tu hijo. Mientras siga vivo tiene la oportunidad de dar marcha atrás y arrepentirse. Te prometo que estaré orando por él y por ti. Dios hará su perfecta voluntad en sus vidas. Te admiro enormemente.

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